Los indios pueblo de Arizona
y Nuevo México
Dino Rozenberg
Con una rica tradición alfarera originaria de los
pueblos prehispánicos de América del Norte, en Arizona y Nuevo
México se hace ahora una cerámica de alta calidad que merece
mucho reconocimiento. No sólo respeta la tradición sino que
le incorpora el pensamiento, y también los mercados, del mundo moderno.
En la última Semana Santa (2001) aprovechamos las vacaciones y cumplimos
un sueño largamente postergado: manejar del “viejo” México
a Nuevo México, y reconocer la cerámica antigua y moderna de
los indios pueblo de ese estado y de su vecino Arizona.
Esta historia comienza hace muchos años, cuando Tere y yo tuvimos
los primeros acercamientos con los indios mayos y yaquis de Sonora, y los
huicholes en Jalisco y Nayarit. Me acuerdo todavía de nuestro viaje
a Ciudad Obregón, por cuenta de la revista Contenido, y la llegada
a los pueblos de Potam y Vacum, que son algo así como las entradas
oficiales a ese mundo poco conocido. Los representantes nos dijeron que esperáramos
a que llegaran las autoridades o algún comisario para que nos diera
permiso de conocer los pueblos y nos acompañaran. Ahí estuvimos
toda la tarde, bajo la sombra de los árboles, y nunca nadie se apiadó
de nosotros. Ni siquiera nos dijeron que no. Regresamos a México en
derrota. También nos interesó el trabajo, muy sencillo empero,
de los tarahumaras de Chihuahua.
En realidad, todos estos pueblos, aunque diversos y distantes, representan
para nosotros la otra parte del México indígena, la más
pobre, discreta y postergada, y a la vez la menos conocida y estudiada. Sobra
decir que, por lo menos en lo personal, tengo una gran debilidad y fascinación
por estos pueblos áridos y ariscos, indómitos, silenciosos
y misteriosos. Los mayas y los teotihuacanos son ricos, creativos, poderosos
y refinados. Pueblos con cultura y glamour, según se los mire. Son
los hijos del sur, los habitantes del altiplano y sus fértiles valles,
de las selvas y los trópicos ricos y húmedos. Los del norte,
en cambio, son los hijos del desierto, de las sequías, de los chaparrales
y los cactus. Los que en lugar de construir grandes ciudades se colgaban
de los barrancos y vivían en pequeñas ciudades-departamento,
como en Casas Grandes, aislados, solitarios y casi siempre temerosos. Los
de allá se embriagan con hongos, los de acá, con peyote.
Los indios del Norte
El caso es que Tere y yo hemos tenido por años una
cierta debilidad intelectual y emotiva hacia los indios del norte de México
y el sur de Estados Unidos, que para efectos prácticos son los estados
de Arizona y Nuevo México. De este lado son, como digo, los huicholes,
coras, tepehuanes, yaquis y mayos, tarahumaras, incluso creo que incluiría
a los seris (en el mar de Cortés y la isla Tiburón), aunque
los conocemos menos.
Durante muchos años buscamos, no sin dificultades, conseguir información
sobre ellos. La mayoría, por lo menos en este México, no hacen
nada de cerámica. Sólo conocemos la de los tarahumaras, y la
que se expone y se puede comprar es muy sencilla, casi sin decoración,
verdaderamente primitiva.
El caso curioso y extraordinario es la cerámica “nueva” de Mata Ortiz,
en Chihuahua, que es bastante indefinible en estos términos. No es
una cerámica autóctona o que se pueda asociar a un pueblo indígena,
y los que la hacen son mestizos, muy recientes en la industria, ya que todo
este fenómeno empezó a mediados de los años 70 con la
famosa (ahora) epopeya de Juan Quezada y los que lo siguieron. Mata Ortiz
no es un pueblo indígena, sino un pueblo de artesanos a los que les
cayó muy bien ponerse a hacer un tipo especial de cerámica,
que en realidad pertenece a los indígenas que antiguamente poblaron
esas regiones y que ahora están básicamente asentados en Arizona
y Nuevo México (son los que se identifican genéricamente como
los indios pueblo).
Hay que decir en este punto que después de ver de cerca la cerámica
tradicional de esos indios, ahora dudamos un poco sobre la originalidad de
Mata Ortiz. Un amigo en el Museo Nacional de Antropología nos ha llegado
a sugerir, y por eso esto es un supuesto, que la tal contribución
nació a partir del tráfico de piezas prehispánicas,
halladas en la región por buscadores de tesoros, y que luego derivó
hacia la manufactura de piezas nuevas.
El caso es que nos fuimos por carretera desde la ciudad de México,
a San Luis Potosí, Monterrey, los Laredos y San Antonio. De ahí
hacia Fort Stockton, Rockwell (la pequeña ciudad de los ovnis) y Albuquerque,
donde compramos un torno eléctrico, que infructuosamente buscamos
en México durante años (por cierto, nunca entenderé
como es posible que en este gran país, con miles de ceramistas, no
haya un sito donde uno pueda comprar, al precio que resulte, un torno). En
Albuquerque, que es una ciudad mediana muy interesante, con una gran universidad
(quedará para otra vez conocerla más a fondo) encontramos una
tienda muy bien surtida, con todo lo que un artista ceramista puede buscar,
desde equipo y herramientas hasta materiales de todo tipo. Enseguida seguimos
a Santa Fe y su vecina Taos. Regresamos por Ciudad Juárez y Chihuahua,
Zacatecas y Querétaro, en un periplo de más de 6,000 kilómetros
y nueve días entre agotadores y fascinantes. Es un viaje que le recomendamos
a los amantes de la cerámica, los desiertos y el volante.
En Santa Fe
Esta crónica nada más será la reseña
de la ciudad y de lo poco que pudimos ver, y en el futuro prometo escribir
más sobre la historia de los indios pueblo, sus reservaciones y su
cerámica. Compré varios excelentes libros con mucha información
al respecto. Aquí nada más haremos referencia a la cerámica
que se puede ver y en general al ambiente percibido.
Santa Fe es una población pequeña con una combinación
muy exitosa de cultura indígena y turismo de alto nivel, asociado
a las pistas de esquí situadas en los alrededores (también
hay nieve en Ruidoso y Taos, a una hora de distancia en diferentes direcciones).
Es un sitio que podríamos calificar como caro, aunque hay muchos moteles
de los de cadena, típicos de Estados Unidos, donde uno se puede quedar
decentemente por 45 o 50 dólares la noche.
El centro de la ciudad, lo que llamaríamos la parte histórica
y la plaza, se asemejan a los zócalos de las ciudades coloniales mexicanas,
con una iglesia de torres mochas, el museo de arte indígena y los
portales alrededor, con tiendas y restaurantes bastante sofisticados, y por
ende de precios medios y altos, incluso muy altos.
De todos modos se pueden encontrar entremezcladas otras tiendas más
económicas, para los turistas, con muchos souvenirs y recuerdos accesibles.
No hay que olvidarse de comprar un kokopeli, que es una figurita tomada de
los petroglifos prehistóricos de la región. Representa a un
hombre ligeramente encorvado que toca la flauta, quizá un danzante
o un sacerdote, quizá un jorobado, y que según la tradición
es símbolo de fortuna y buen suerte. Esta impreso por todos lados,
en pines, pequeñas alhajas, posters y camisetas.
En los tres días que estuvimos en Santa Fe pudimos ver muchísima
cerámica de los indios pueblo, que como dijimos es el nombre genérico
con el que se conocen a los pequeños pueblos de esa región
y que pertenecen a varios grupos étnicos emparentados (Picuris, Acoma,
Laguna, Mimbres, San Ildefonso, etc). En los alrededores también hay
grandes reservaciones territoriales controladas por estas comunidades, incluyendo
sus famosos casinos y hoteles, y centros de entretenimiento. Aunque hablamos
de reservaciones, las carreteras pasan a través de ellas y uno prácticamente
no se da cuenta de que está en una región controlada y administrada
por indios.
Contra lo que ocurre en México, donde estas definiciones se refieren
a grandes áreas geográficas, aquí cada pueblo tiene
su nombre, su discreta personalidad y sus estilos cerámicos más
o menos diferenciados. Todos estos “pueblos” están concentrados en
unos doscientos kilómetros a la redonda. No es difícil visitar
estas pequeñas poblaciones, donde se pueden conocer talleres y comprar
piezas directamente a los artesanos.
Estilos y colores del desierto
En las tiendas de Santa Fe se pueden ver muestras de todos
estos pueblos, y después de estudiarlos un poco se identifican estilos
más o menos definidos. Pero no es fácil porque los tonos, los
materiales y el espíritu son muy familiares y están bastante
entremezclados y en ocasiones, confundidos o corrompidos.
Dos asuntos nos llaman la atención. Uno es el elevado precio que tienen
estas obras, que se venden en tiendas que parecen galerías de arte
o joyerías, y que exhiben las piezas como si fueran obras de arte.
Nosotros no estamos acostumbrados a ver la cerámica tradicional de
este modo, y sí llama la atención.
Lo segundo, y muy relacionado con lo anterior, es que la mayoría de
estas obras tiene un autor conocido, incluso con su firma, y se diferencian
unas de otras. Son trabajos personales que reflejan la imaginación
y destreza de quién las hizo, o por lo menos de una familia o pequeño
grupo de artistas-artesanos. Aquí no ocurre lo que en México,
donde justamente las cerámicas de una región son todas iguales,
un género donde todos los que se dedican a ella buscan que no se distingan,
que sean iguales. Uno compra talaveras de Guanajuato, sin saber quién
las hizo, o cerámica de Michoacán, o de Metepec. En México
lo que vale es el origen, no el autor o la familia de los productores.
Entonces, en los aparadores de las tiendas de Santa Fe uno puede ver piezas
individuales, con el nombre de un autor y un precio que puede pasar de 400
dólares y llegar a más de 2,000. No hay que asustarse, aunque
en México pocas personas pagarían esas sumas por una cerámica
tradicional.
Características muy llamativas de estas cerámicas son el estar
hechas casi en su mayoría con barro blanco o ligeramente rosado o
crema, y que los motivos y diseños se construyen en base a guardas,
pequeñas figuras zoomorfas y sobre todo patrones geométricos
muy elaborados, que cubren prácticamente toda la superficie del cuerpo.
Los colores son también limitados, con predominancia de negro y rojo.
Hay mucha cerámica negra y bruñida. Algo para hacer notar es
que hacia los años 20 hubo un renacimiento de la cerámica negra
bruñida (brillante) nacida a partir de una india llamada María
Martínez y su esposo. Ella se hizo famosa y sus obras ahora están
en colecciones y museos, y se cotiza a elevados precios. Muy parecido al
trabajo de Doña Rosa, y el renacimiento o revaloración del
barro negro de San Bartolo, en Oaxaca. Dos mujeres, dos estilos muy parecidos
del barro negro.
Creo que uno de los aspectos que le han dado mucho valor comercial a estas
cerámicas es la extraordinaria limpieza y precisión de los
trazos, hechos según nos explicaron con pinceles caseros hechos con
pelos de niño. Nomás tienen dos o tres cabellos y por ello
pueden hacer líneas muy finas. Estos motivos son contemporáneos,
un poco “ópticos”, y aunque evocan el estilo antiguo de la cerámica
india, son creaciones modernas que no tienen más de 20 o 25 años.
De todos modos esta “escuela” geométrica coexiste con una más
tradicional que utiliza temas tomados de fotografías históricas
o piezas de museo, y que buscan enlazar la historia de estos pueblos indígenas,
como navajos, anasazis, comanches, etc. Hay venados, aves y hasta un loro
o cotorra que fue incorporado al catálogo a mediados del siglo pasado
por influencia de los ingleses.
Artesanos con nombre y apellido
Los ceramistas más conocidos en estos pueblos indios
no son hombres sino mujeres, y este es otro tema interesante para estudiar.
Por diferentes razones, desde que los pueblos se constituyeron y las reservaciones
cercanas tomaron forma, la cerámica ha estado en manos de las mujeres,
madres de familia y matronas, así como sus hijas. Hay algunos varones,
pero son minoría. Dicen los que saben que muchas de estas señoras
no tenían propiamente (incluso ahora es así) un taller en forma,
con muchos materiales, un horno, herramientas, etc., sino que trabajan en
la mesa de la cocina, como siempre lo han hecho. Ahora, la diferencia es
que pulen, lijan y pintan viendo la televisión, que parece ser el
modo de escapar al estrés y la tensión que representa estar
haciendo tareas rutinarias. En general modelan a mano, no con molde, y queman
en forma precaria al aire libre, con estiércol y leña como
materiales combustible. Claro que hay talleres formales, pero también
nos dicen que son una minoría. Los mejores trabajos, los más
reconocidos y los de autor, se hacen de esta forma “casera”. De todos modos,
nos explicaron, hay talleres donde se usa el molde y se fabrican piezas en
cantidades, para el turismo, a bajo precio; queman en hornos de gas o eléctricos.
Esto explica que la producción no sea masiva como ocurre en México,
donde decenas de personas hacen platos o floreros en el mismo pueblo o incluso
el mismo barrio. La cerámica de los indios pueblo no es masiva en
general, descontando los souvenirs y cositas de bajo precio para los turistas,
que se hacen en grandes volúmenes. Estas cosas se venden en las “trading
shops”, algo así como almacenes de ramos generales para turistas.
Aspectos interesantes para considerar es la ausencia casi total de piezas
antiguas, digamos precolombinas o inmediatas a la Conquista, que en esta
parte del continente fue muy compleja y sangrienta, y en la que intervinieron
los ingleses y franceses, luego los españoles y al final los propios
norteamericanos de las recién fundadas colonias. No hay que olvidar
que por aquí también pasó la Guerra de Secesión
(esclavistas contra liberales), y los indios llevaron muy malas experiencias
porque fueron forzados a elegir uno de los dos bandos. Muchos murieron combatiendo
de uno y otro lado.
Creo entender que aun hoy día, a los estadounidenses y canadienses
(sobre todo a los primeros) no les llama mucho la atención su historia
indígena y por lo mismo los antecedentes, ruinas y objetos no les
son particularmente llamativos. No están buscando en eso una identidad
o un lazo con su pasado, como ocurre con los mexicanos.
En uno de nuestros paseos fuimos a conocer el parque nacional Bandelier,
que aparte de una reserva natural tiene las ruinas de lo que fue un asentamiento
indígena, con sus casitas arracimadas al pie de grandes muros de tierra
y piedras blancas, y que incluso excavaban para vivir dentro de pequeñas
cuevas. De ahí provienen algunos de los famosos petroglifos. Pues
ese parque, aunque bien cuidado, no tiene ningún rigor en particular,
no está en manos de una institución-museo como el INAH, y carece
de cualquier referencia que nos haga pensar que les importa mucho a los estadounidenses.
Es un parque más, para pasear, con algunas ruinas pintorescas de los
indios precolombinos. Con decir que llegamos alrededor de las cinco de la
tarde (la entrada cierra a las seis) y ya no había nadie en la caseta,
así que entramos sin pagar y sin entrada. Luego, en todo el recorrido,
y aun junto a las partes más sensibles al deterioro o vandalismo,
no había ningún guardián o vigilante, y supongo que
tampoco una cámara oculta. Probablemente confían en la urbanidad
de los turistas, sí, pero tampoco le tienen tanto cariño o
respeto a estas cosas.
Otra cosa que aprendimos es que el gran boom de la cerámica y en general
los temas indígenas de esta región comenzó con la llegada
del ferrocarril y los primeros etnólogos y coleccionistas de “curiosidades”.
Las ollas eran bonitas y se vendían como cosas utilitarias al costado
de las estaciones, y paulatinamente empezó a crecer un pequeño
mercado manejado por los traders, es decir negociantes de mayoreo, y alentado
por algunos coleccionistas y entendidos.
Ahora mismo parece existir, es natural, una gran confusión entre los
estudiosos, porque lo que ellos quisieran ver como un fenómeno histórico,
cultural y artístico, sujeto más o menos a las leyes científicas,
está amarrado también a las fuerzas del mercado, a las influencias
cruzadas, al kitsch, incluso a las innovaciones tecnológicas como
la aparición del horno eléctrico, los esmaltes comerciales
y las pastas preparadas.
Hemos sabido de este fenómeno y visto muchas cosas incluso chuscas.
Decenas de piezas de cerámica se hacen ahora para satisfacer a los
turistas y utilizando nada más los símbolos o los temas básicos
de la cerámica original. Se ven platos, se ven Vírgenes y figuras
de bulto, se ven tazas y vajillas, se ven tortuguitas, gallinitas para alcancía,
y todo tipo de monitos y cosas útiles y decorativas, que “lucen” como
indias sólo por las rayas, por la pasta blanca, por eso que suena
“estilo”. Es como si una preguntara sobre la originalidad de una pieza de
cerámica de talavera para cubrir la caja de los pañuelos kleenex.
Es una talavera, claro, pero no tiene nada que ver con la historia ni con
los motivos o esquemas clásicos o “respetables”, que se deben considerar
tradicionales y están sujetos a estudios científicos.
Más sobre Santa Fe
Toda la zona de Santa Fe, incluyendo Albuquerque, Gallup,
Taos y pueblos de alrededores, tienen un espíritu afín a las
artes y la cultura. Es una región con muchos artistas, artesanos,
gente retirada que ama estas cosas, coleccionistas, estudiosos. Aparte de
los turistas del esquí, que no nos tocaron porque la temporada en
las pistas terminó unos días antes (creo que a fines de abril),
uno de los grandes atractivos es esta cosa como de sofisticación vinculada
a las artes y las galerías.
Un ejemplo es la carretera, High Road se llama, que va de Santa Fe a Taos,
puebleando entre las montañas (hay otra, por autopista, más
corta, que tomamos de regreso). Esta carreterita, tranquila y algo sinuosa,
atraviesa muchos pueblos y villas más o menos pintorescos, y a lo
largo del camino está tapizada de talleres y galerías de artistas
y artesanos, desde pintores y escultores hasta ceramistas, ebanistas, herreros,
etc. No son los grandes artistas famosos, sino gente con deseos, con un pequeño
mercado, modestos algunos, interesantes los otros, que venden sus cosas al
público que pasa, a las galerías cercanas, quizá por
catálogos o en tiendas de decoración. A lo largo de esos quizá
50 o 60 kilómetros están, al pie del camino estas casitas con
letreros. Uno se puede parar, tocar y presentarse a curiosear o comprar algo
si le antoja. En general, los turistas educados son bien recibidos, y los
artistas son amistosos.
Nosotros nos paramos en una cerámica Ojo Sarco (www.ojosarco.com),
siguiendo las señales del camino, y encontramos al artista Jake Willson,
un hombre en sus 50, que habla un perfecto español, que trabaja en
una casa muy bonita y apacible, en medio del bosque, acondicionada para taller.
Tiene al frente un pequeño show room, con unas cuantas piezas a la
venta, y adelante, muy a la vista, su luminoso taller donde trabajan él
y su socia. Tiene dos grandes hornos eléctricos, tornos, extruder,
mesas, lo que uno sabe y conoce. Estuvo muy amistoso, y acabamos comprando
una taza de cerámica de alta, con colores algo brillantes, que pagamos
ocho dólares.
Mercados y buenos precios
En algunas temporadas del año se organizan aquí,
y en otros sitios alrededor de Santa Fe, algo así como “días
del arte”, donde muchas galerías y talleres se abren al público,
ofrecen comida y refrigerios, dan demostraciones, exhiben a los artistas,
presentan temas especiales. Es como un “open house” y se publican folletos
con todo lo que se podrá ver y disfrutar en ese fin de semana. De
hecho me traje un folleto del High Road, que aparte del mapa, tiene una lista
de todos los artistas y talleres que hay en la zona, si hacen demostraciones
y a qué horas se los puede visitar. Es como una galería campestre
con unos treinta sitios de interés y que pasa por pueblos como Chimayo,
Cordova, Las Trampas, Peñasco, Picuris Pueblo y otros.
En México nunca vi algo así, ni he oído que se organizara
un “día de galerías y talleres”. Creo que en la Colonia Roma
de la ciudad de México se organizó alguna vez un “corredor
artístico” con varias galerías, pero que yo sepa, no ha prosperado.
Esta dedicación hacia el arte, que sólo podría asociar
en México al barrio de Coyoacán, y quizá a San Miguel
de Allende (estado de Guanajuato), también se manifiesta por varias
publicaciones dedicadas a la promoción y venta de la obra artística
de Santa Fe y sus alrededores en el Southwest.
Tengo conmigo un ejemplar de Guestlife New México, Culture & Cuisine,
con más de 118 páginas de ilustraciones, biografías,
guías, calendarios y cosas para hacer, comprar y comer en Santa Fe
y aledañas.
En Santa Fe, cada mes de agosto se organiza el Indian Market, que son varios
días de mercado de cerámicas y otras artes indígenas
en el centro de la ciudad. Hay varios concursos para diferentes categorías
de productos, con premios y galardones, y los puestos callejeros se extienden
por varias calles de la ciudad. Llegan coleccionistas y aficionados de todo
el país, y del extranjero, y según nos han dicho, es un encuentro
muy divertido y colorido. También en agosto, en Gallup, se desarrolla
el Intertribal Indian Ceremonial, donde se reúnen diferentes tribus
de la región de Arizona, Nuevo México, y Colorado. En julio,
si no me equivoco, se realiza también el Spanish Market, otra atracción
similar, con música, comida y compras.
Museos y Galerías
Albuquerque
Museo de Arte, Ciencia e Historia
Indian Pueblo Cultural Center
Los Colores Museum
Santa Fe
El rancho de Las Golondrinas
The Georgia O´Keeffe Museum
Indian Arts Research Center
Institute of American Indian Arts
Museum of Indian Arts & Culture
International Museum of Folk Art
Hay museos y galerías sobre temas indios en Taos, Alamogordo, Deming,
Farmington, y otras ciudades. No son grandes instalaciones como las que estamos
acostumbrados en México, pero son suficiente atractivo como para pasar
una o dos horas y enterarse sobre las manifestaciones culturales históricas
y actuales de toda esta región. En varios museos y tambien en las
librerías de la región se pueden conseguir buenos libros sobre
estas cerámicas, tanto desde la perspectiva histórica como
del arte contemporáneo.
Dino Rozenberg
Septiembre 2001
Principal
/ Ligas
/ Publicaciones
/ Instituciones
/ Otros textos / Galería