LOS GUERREROS CHINOS DE TERRACOTA
Por Teresa Arduino
Estuvieron en la ciudad de México los guerreros chinos de terracota, ocho caballos y 11 muñecos de tamaño natural quemados hace más de 2,000 años. Todo ceramista culto ha leído o visto fotos de este famoso entierro, en el corazón de lo que ahora es la República Popular de China, donde se encontraron enormes trincheras con más de 8,000 figuras de barro cocido y metal.
La exposición se realizó en el Museo Nacional de Antropología e Historia desde septiembre de 2000 hasta enero de 2001, y fue titulada “China Imperial, las dinastías de Xhian”. En el prólogo-presentación, siento que Rosario Green tiene razón al señalar la similitud de las culturas china y mexica (por cierto, este es un intercambio cultural bilateral: la muestra ”Los Mayas” se presentará a su vez en esa provincia china). Digo esto porque para una argentina como yo (no debemos olvidarnos que descendemos de los barcos, bueno, así dicen) deletrear Qin Shi Huang (el emperador que mandó construir ese ejército subterráneo) me hizo recordar aquella época en que recién llegada a México, intentaba pronunciar correctamente Teotihuacan o Iztaccihuatl. Pero no son sólo las palabras y los sonidos, sino la intención. Ese fascinante ejército de cerámica, quieto y palpitante durante más de 2000 años, también me hacen evocar las ciudades y las ofrendas mexicas y de otras culturas mesoamericanas, que esperaron bajo tierra con su mensaje centenario.
Y allá fuimos, Dino y yo, temprano un domingo de octubre. Encontramos
una larga fila, claro, porque la entrada ese día es gratis. De todas
formas siempre nos sorprende la cantidad de gente de todo tipo que espera
pacientemente bajo el sol a que le toque el turno para entrar; los mexicanos
tienen una fuerte vocación para las artes. Es evidente y esto me
produce una especie de alegría interior, es curioso. Después
de un rato, y con algo de organización por parte de guardias, fuimos
entrando en grupos ruidosos, a los recintos oscuros que albergaban las
piezas expuestas. Además de las terracotas, había muchas
otras piezas de metal, cerámica, textiles y otros materiales. Lo
primero que vimos, esperándonos en la penumbra, fue uno de esos
impresionantes arqueros chinos. Estaba allí sobre una cama de arena,
claro e iluminado, una rodilla en tierra, vistiendo magnifica armadura,
su tamaño como el nuestro. De nuevo el flashazo con lo mexica, me
hizo recordar la escultura conocida como “El Luchador” de la cultura olmeca;
es de piedra y el personaje está prácticamente desnudo,
pero es en su actitud que sentí la semejanza. Ver estos guerreros
chinos de barro cocido también nos lleva a pensar en el Templo
Mayor, con sus guerreros aztecas, águilas y tigres, tan distintos
y tan iguales.
Es grandioso lo que la “imprompta” del pasado puede hacer con nuestra
imaginación, porque es nuestro pasado, y nosotros somos de las afortunadas
primeras generaciones que podemos, con elementos como esta exposición,
desenrollar nuestra historia, la de todos, para que tal vez en su comprensión,
podamos respetarnos en un futuro.
Y, para los que amamos la cerámica, es interesante detenerse
a meditar todo lo que esta manifestación del hombre ha aportado
y sigue aportando a nuestro conocimiento histórico. Ese barro moldeado
por nuestros ancestros, con su resistencia, ha podido sobrevivir milenios,
para contarnos algo de cuando fueron hechos o usados. Los descubrimientos
arqueológicos de todo el mundo sacan a la luz piezas de este noble
material que apadrinó a la raza humana desde siempre, tal vez desde
antes de que lo fuera.
Fantasmas de terracota
Al final, después de ver pequeñas piezas de metales preciosos,
campanas rituales de bronce y algunas otras manifestaciones de la antigua
cultura china, volvimos a encontrarnos con los guerreros de terracota.
Ahora estaba todo el grupo, como un gran retrato de familia, como una formación
militar, monocroma, mustia pero vigilante. Algo había de fantasmal,
de presencia viva. No te sentías en un museo sino en un altar, en
un escenario, quizá en un campo de batalla al atardecer, en una
ceremonia solemne con el emperador pasando revista desde lo alto de su
caballo.
No les voy a contar ahora toda la historia de este ejército
de 8000 figuras, enterradas durante 2000 años para acompañar
la muerte de un gran rey. Sólo diré que todavía no
se han desenterrado todas las piezas, quizá sólo la mitad,
pero que ya se conoce la distribución precisa de las trincheras
donde fueron instalados los guerreros, los carros y los caballos. Se nos
dice que no hay una pieza idéntica, porque todas fueron hechas por
un ejército de artesanos. Los cuerpos fueron hechos parcialmente
con moldes, y las cabezas, que son piezas aparte, también se hicieron
en un número limitado de modelos. Pero los acabados, como bigotes,
barbas, ojos y detalles, fueron hechos a mano y así resultan diferentes
unos de otros. Los expertos han distinguido varios “grados” militares,
desde los arqueros y los soldados de infantería, los pobres que
van a pie, y luego los guerreros de a caballo, los lanceros, los capitanes
y los generales. Se distinguen por su armamento, sus armaduras, algunos
atributos de sus rangos e investiduras. Los caballos, que como dije también
son de tamaño natural, resultan igualmente impresionantes, con sus
patas algo toscas, sus cuerpos ventrudos, sus cabezas erguidas. Un ceramista
sabe que hacer un caballo de tamaño natural, aun con los recursos
actuales, es una tarea infernal, digamos heroica. Podría lanzarse
a la proeza de hacer uno, pero hacer decenas es todavía más
milagros. Sólo de pensar en los hornos, en la amasada de miles de
pellas de barro, en las herramientas y en la destreza manual de estos artesanos,
decenas de ellos, mueve a asombro. Uno puede pensar con cierta naturalidad
en una gran obra con cientos de albañiles y trabajadores; lo hemos
visto en los grandes edificios y las obras públicas. Pero un ceramista
nunca ha visto un campamento de ceramistas haciendo miles de piezas de
tamaño natural, amasando barro, apartando cerros de leña
y alimentando durante más de 25 años los fuegos de enormes
hornos llenos de soldados y cabalgaduras al rojo vivo. Nada más
hay que cerrar los ojos para darse una idea.
Con esa visión dejo a mis colegas ceramistas y a los lectores que han llegado hasta aquí. Unos grandes fuegos nocturnos, humo blanco saliendo de los tiros, hombres y mujeres mezclando arcillas, pigmentos y colores para pintar las piezas una vez frías. Luego, en las trincheras excavadas en la tierra, ahí van las figuras a pararse en la formación, en un desfile espectral que esperará 2000 años para rendirle un homenaje a la tierra y al sol.
Bibliografía
Un par de libros que podemos recomendar sobre los guerreros chinos
de terracota:
“China Imperial, las dinastías de Xi’an”, es el libro-catálogo
que acompañó la exposición, y fue publicado por el
INAH de México, con Banamex y otras instituciones. Se puede comprar
en librerías del INAH y museos del INBA en México.
The underground terracotta army of emperor Qin Shi Huang, editado por
Fu Tianchou, New World Press (Beijing), 1988 con reediciones. Este libro
lo consiguió Dino en Hong Kong, en 2000, y está en inglés.
Es uno de los primeros trabajos editoriales realizados en China Popular
sobre el tema, y es la fuente para muchos otros libros escritos posteriormente
en Europa y Estados Unidos. Se pueden encontrar libros sobre los guerreros
de terracota en Amazon.com y en librerías de arte de diferentes
países.
Internet. Se pueden hacer búsquedas con las palabras claves
"terracotta army", "Xi'an", "Qin Shi Huang", y también seguir el
hilo desde "China" hacia los temas culturales.
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