Gerda Gruber, la escultora de Cholul


Por Teresa Arduino y Dino Rozenberg

Una entrevista con la escultora y ceramista Gerda Gruber, una artista influyente pero discreta, que vive en México desde 1975. Hace 15 años se instaló en Mérida y desde ahí prosigue su rica obra educativa. 

Cuatro esculturas de Gerda Gruber

Gerda Gruber es un fenómeno extraño en el mundo del arte. Es una mujer sola –que no solitaria—que ha emprendido algunas grandes aventuras artísticas y que ha mostrado la inteligencia de rodearse, no de artistas y críticos y curadores y burócratas, sino de estudiantes y gente joven. Ha sabido conservar una burbuja de privacía para su vida personal y artística, se ha mantenido al borde de las grandes corrientes artísticas que se hacen comerciales, y con esa actitud ha preservado su autonomía y su inspiración. No se ha hecho rica ni famosa, y ese parece ser el premio que ha buscado.
Otra de las razones por las que Gerda Gruber es poco conocida en México es que su escultura es difícil de manejar con los ojos. En algunas épocas, por ahí de los tardíos setenta y jóvenes ochenta, trabajaba con porcelana blanca unas formas escultóricas con aires geométricos, constructivistas, arquitectónicos, láminas, curvas, piezas de cierta perfección formalista, y algún enfoque que hoy diríamos era decorativo. Se podían comprar y poner por ahí, y lucían muy bien.
Con los años, Gerda se volvió más orgánica, más abstracta, más retorcida y más visceral. Salieron formas de porcelana negra y también de barros teñidos y esmaltados, figuras humanas con formas toscas, serpientes, nudos y nidos. Es una vena poética y existencial que Gerda parece haber soltado después de su época formal, y que ahora parece expresar sus búsquedas personales, las inquietudes de quien ha llegado a la madurez y está pensando en el corto futuro de la vida. Por eso es más difícil comunicarse con estas obras de su madurez, por eso parecen más preocupadas, más agresivas, más comprometidas. Es un misterio personal lo que evocan y no todos los ojos pueden leer estos mensajes. Definitivamente, no es fácil.
Tere y yo conocimos a Gerda Gruber en 1977, cuando ella estaba construyendo la carrera de escultura en la Academia de San Carlos. Vimos sus primeras obras y compartimos algunos amigos y alumnos. Seguimos sus pasos a la distancia hasta Monterrey y Mérida, y luego la perdimos. Pero siempre supimos que debíamos recuperarla para nuestro conocimiento, y compartir esa personalidad y ese fuego con otros artistas y aficionados. Por eso organizamos un viaje al Sureste, con parada en Mérida, para verla y entrevistarla, que son cosas distintas. Ahí también conocimos a Mary Carmen, una puertorriqueña que lleva muchos años a su lado y que es a la vez consejera, promotora e inspiradora. Aquí está un resumen de la entrevista que le hicimos a Gerda Gruber en un costado de su estudio-taller de Cholul, en los suburbios de Mérida, la capital de Yucatán. Junto con este texto presentamos un curriculum de la artista, una reseña sobre la Fundación que acaba de crear y que está impulsando con mucho entusiasmo, y algunos otros comentarios sobre su obra y su vida.  

Gerda Gruber, la entrevista

La primera curiosidad, sentados bajo el techo sin paredes de este enorme espacio, es cómo vino a dar a Mérida, una ciudad que no tiene precisamente una tradición ceramista o una escuela de escultura.
Explica Gerda Gruber que cuando decidió salir de la ciudad de México, y después de estar algún tiempo en Monterrey, pensó precisamente en un lugar donde no hubiera mucha actividad de cerámica y la escultura, y donde había que empezar de nuevo. “Es una forma de abrir caminos –dice--. La cuestión es que cualquier lugar puede ser bueno si los alumnos que uno tiene la suerte de reunir son talentosos.” Lo mismo le ocurrió en Monterrey, que tampoco tiene una gran tradición artística. Allí pudo relacionarse con los fabricantes de vidrio (una de las industrias más poderosas de esta ciudad norteña), quienes le permitieron entrar a las fábricas y le ofrecieron la oportunidad de establecer unos talleres experimentales donde se hizo una gran cantidad (y de muy buena calidad) de obras artísticas en vidrio y cristal, algunas de las cuales se pueden ver en el Museo del Vidrio de Monterrey. Gerda también dio cursos experimentales para ceramistas y capacitó a trabajadores de esas empresas.

En la Facultad de Arquitectura del Tec de Monterrey tuvo a su cargo el área de diseño industrial en materia de cerámica, que según dice es un tema completamente abandonado en México. No le gusta lo que ocurre en materia de diseño industrial, sea con fines utilitarios o decorativos: “La realidad es que los fabricantes y los industriales se van a las ferias internacionales, y se fusilan las piezas de otros.” Insiste –“quiero que quede bien claro”-- que diseño industrial no es lo mismo que artesanía, y no es lo mismo que artes plásticas. Estamos hablando de tres cosas distintas, diseño industrial, artesanías, artes plásticas. Todas estas actividades merecen respeto y valen la pena, pero también deben ser atendidas de acuerdo a sus necesidades. Y en esto menciona la interesante tarea que se ha venido haciendo alrededor de la alfarería de alto nivel, con fines decorativos y utilitarios, en la región de Jalapa, en Veracruz, y que se podría decir está centrada en las contribuciones de Gustavo Pérez. Como se sabe, aunque Gustavo produce su obra personal en piezas únicas, también ha creado algunos productos o familias de piezas hechas en serie, para la venta a precios más accesibles.
Gerda dice que los mayas de Yucatán sí tuvieron una tradición de trabajos en cerámica, a partir de barros locales que con el tiempo se agotaron. Pero de eso hace mucho. Ahora, prácticamente todos los materiales para el taller se tienen que traer de otras partes de México e incluso del extranjero.

Gerda se expone poco y enseña mucho
Ahora le preguntamos, quizá movidos por la nostalgia y cierta desilusión de no haber visto su obra durante años, por que han sido tan escasas y espaciadas sus exposiciones, en particular en la ciudad de México.
Tiene buenas razones. Dice que no le gusta exponer demasiado porque esto le representa retos demasiado pesados. Acepta que hay gente, otros artistas, que tienen nervios excelentes para eso, pero que en su caso le resulta muy desgastante. Las exposiciones se programan para una fecha determinada y hay que tener la obra lista para ese momento, o al contrario, se postergan y cambian con demasiada frecuencia.
Estuvo dos veces exponiendo en el Museo de Arte Moderno de Chapultepec, y dice que eso podría ser suficiente. “Que otros tengan también esa oportunidad.”
Explica que, tratándose a veces de obras pesadas, frágiles y voluminosas, no es sencillo llevar las cosas de aquí para allá. En ocasiones, los organizadores de la exposición no tienen los recursos para sufragar esos gastos, y ella no puede invertir en esos traslados. En ocasiones, incluso, la obra desplazada se ha quedado en espera de ser vendida o simplemente en depósito, porque ya no se justifica el costo de acarrearrla de regreso a Mérida. Dice que a ella le gusta más invertir o gastar su dinero en Mérida, con su estudio y la Fundación que ha echado a andar. 
Por lo demás no parecen interesarle la fama, el glamour de las inauguraciones, de las entrevistas, de la crítica de arte. Y nos consta, porque no es sencillo localizarla y tampoco conseguir una entrevista como esta.
A estas alturas Gerda Gruber parece conciente de que es una buena escultora y ceramista, y tiene claros sus intereses y los asuntos a los que quiere dedicar su tiempo y su energía. Uno diría que es de esas artistas que viven modestamente, que aceptan discretamente el reconocimiento de los medios, los artistas y los alumnos, pero que no buscan destacar demasiado, llamar la atención, hacer una fortuna más allá de lo que se necesita para vivir, hacer algunos viajes y sostener sus proyectos.
A Gerda Gruber le gusta tener alumnos y visitantes, artistas que llegan como residentes por una temporada, a veces merced a algún intercambio, o simplemente invitados para dar clases o desarrollar una técnica o una obra nueva. Estos artistas llegan a su casa, donde hay un par de cuartos bastante monacales, y se quedan durante días o semanas.
A Gerda le gusta meditar, en el sentido de hacerlo como una actividad conciente y cotidiana, y el lugar preferido para esto es el austero patio interior de la casa, que con su techo descubierto, sus delgadas columnas y su pequeño espejo de agua, evoca el corazón de una casa árabe. Ahí suele reunirse con sus visitantes y con algunos alumnos consentidos, a platicar o reflexionar sobre el tema del día.
En la mayoría de los casos, estos visitantes, algunos de ellos artistas de talla internacional, dejan la obra elaborada en la casa, como contribución a la colección que Gerda está formando y que en unos cuantos años será la referencia para los interesados en la escultura y el arte contemporáneos, sobre todo en Europa y América Latina. Rosario Guillermo (quien fue su alumna) y Ramón Garza han estado en su estudio, que a partir del 2001 comenzó sus actividades académicas más formales, con un curso de escultura de 3 años de duración. Es una sola generación que entra y sale, dice, porque todavía no tiene capacidad para iniciar cada año con un nuevo grupo que se vaya superponiendo al que ya está avanzado. Pero para quienes no pueden lanzarse la aventura de tres años en Mérida, el programa incluye también cursos y talleres de corta duración.
En este punto admite que a los artistas mexicanos no les gusta compartir sus conocimientos con los alumnos, y que en general hacen poca escuela. Ella acepta que hacerlo es un gran esfuerzo, y que tratar con 10 o 12 alumnos es una tarea que demanda mucha energía porque se trata de manejar 10 o 12 conceptos diferentes al mismo tiempo. Y dice: “O expones o enseñas”. Ella ya ha decidido. Cita a Raquel Tibol y explica que “no todos nacen para ser maestros”, y que ella no pretende hacer críticas negativas respecto de unos y otros. Simplemente dice que así son las circunstancias. Agrega que sus alumnos no se parecen a ella, que no trata de que se parezcan a ella, y que tampoco se parecen entre sí. Cada uno es diferente. Gerda dice que sueña, para el futuro, con una escuela de oficios del Sureste, y quizá hasta con una universidad de las artes. De hecho ya tiene elaborado un plan de estudios que comprende las principales áreas.

La artista reflexiona que de la historia de la cerámica, que es un material que se conoce y utiliza desde los primeros tiempos del ser humano, conocemos una mínima parte. Y lo que sabe lo trasmite a los estudiantes. Por lo pronto, en las tardes no regresan al taller de Cholul y en cambio reciben clases teóricas y realizan otras actividades en la ciudad de Mérida, donde reside la mayoría de ellos. Los que Tere y yo conocimos en esta visita eran de orígenes diversos, algunos de Mérida, otros de Estados Unidos y un par de Guanajuato y otras ciudades del país. Se veía un buen grupo, cada quien haciendo lo suyo en una mesa, la tarea de esos días consistente en hacer la escultura del propio rostro, usando una mascarilla hecha con yeso y barro rojo. Un trabajo interesante por los resultados que había a la vista. Gerda, como es usual desde su paso por San Carlos, es una maestra que mete mano en la obra de los estudiantes; va de una mesa a otra, mira el avance, toca, acomoda, enseña haciendo.

Pocos los ceramistas mexicanos de estudio
Por qué resulta tan pálido y escaso el movimiento de ceramistas de estudio o de técnicas contemporáneas, siendo que México es un país tan rico en cerámicas populares. Una pregunta que nos hemos hecho por años llama la atención de Gerda Gruber.
Sobre el arte popular dice que ha sido muy apoyado por los gobiernos de México, pero en el caso de la cerámica contemporánea o de estudio hay un profundo hoyo en cuanto a la difusión y la promoción de los artistas.
Dice que casi no existe una curaduría en este campo, ni libros sobre el tema, sobre la estética y la técnica de la cerámica contemporánea.
Señala que no hay que negar que las artes populares han ejercido una gran influencia y han hecho una gran contribución en este campo, y que de ahí han salido nuevas iniciativas. Pero de todos modos acepta que hay muy poca actividad.

Respecto de las escuelas públicas e incluso universitarias, dice que no faltan las grillas y que mucha parte del esfuerzo y el tiempo se van en pelear en las oficinas y por los presupuestos. Confiesa que salió cansada y descontenta de la Academia de San Carlos, después de 10 años de dar clases, y que estos conflictos fueron determinantes en su decisión.
En Xochimilco recibió los talleres y salones vacíos: no había mesas ni piletas  ni nada: recuerda con humor que consiguió que le cedieran sobrantes y desperdicios de la obra, y que con esos materiales se hizo un horno de pozo tradicional, que fue lo único para lo que alcanzó. Todavía tuvo que organizar colectas con los alumnos para comprar la leña que se usaba en ese entonces para las quemas. Recuerda que ella y otras artistas tenían que ir en coche, llevando las piezas crudas en las faldas, porque las quemas se hacían en las instalaciones de Iztapalapa y no había mejor medio de transporte.
Es tajante: “Ya no quiero más de eso”. Aunque lamenta que las cosas hayan sido así, no parece guardar resentimientos ni tener grandes conflictos con las instituciones de la cultura.

Nudos y nidos en su obra artística
Sobre ella misma, sobre sus pensamientos y espíritu creativo, dice: “Nací inmigrante y moriré inmigrante”. Este es un gran tema, una circunstancia que se percibe en muchas ocasiones en su obra, en su temática de arraigo, de transformación y de anidación. Ella reconoce que el país y el paisaje forman parte de este proceso: “Yo me arraigo, me transformo, y ahora quizá estoy haciendo el resumen de mi vida”.
Gerda habla un poco en imágenes; después de arraigarse, crece, continúa algo que no tiene forma pero tiene espíritu. Ahora construye nudos, raíces, tejidos de nidos, que es la témática de la actual obra personal en escultura.
Habla de que el nudo es como el nacimiento de la vida. “Al nacer, al niño le hacen un nudo, el del cordón umbilical, y luego lo cortan para darle vida independiente. Es un momento metafórico, con un nudo y un corte, una unión y una separación.” Reconoce que es una visión compleja, abstracta. Cree que el sentido del nudo es positivo, como una medida de nuestra vida. “Es la vida”, resume.
Habla de su obra con pocas palabras, sin exagerar en las descripciones y los contenidos, y dice que siempre fue la evolución de la vida. Cuando hacía porcelana, que es traslúcida, evocaba las esferas, las formas celulares. Ahora se ha afirmado en su visión de madurez: “Quiero fijarlo antes de irme”, dice con un aire algo profético.
Explica que casi todos los materiales que utiliza tienen que ver con el fuego, con la transformación. “Necesito empezar de la nada, del polvo, del aire, del fuego y del viento.” Por eso no trabaja la madera ni la piedra, “que ya están hechos”.  Lo demás nace del fuego, como la cerámica, la porcelana, la plata, los metales de fundición y de colada. Lo más importante es aprender a ver el material y lo que implica.

Ahora está muy entusiasmada por el lanzamiento de la Fundación Gruber Jez para las Artes Plásticas, A.C., que ella fundó con sus propios recursos y que ha sido reconocida por la UNESCO e incorporada a una red de escuelas e instituciones educativas en diferentes países. La institución ya está en condiciones de recibir donaciones (deducibles de impuestos según la Secretaría de Hacienda), y espera patrocinios de organizaciones mexicanas y de otras naciones.

Aunque la etapa regiomontana ya terminó, Gerda Gruber no se ha separado del vidrio, y en los últimos años ha estado trabajando en talleres de Murano, en Venecia, donde nuevamente le han dado oportunidad de materializar sus creaciones. En su estudio de Cholul tiene un pequeño crisol y algunos materiales para hacer obras pequeñas y pruebas en las técnicas de arena y cera perdida.

Después de pasar 15 años en Mérida, y a pesar de varios reconocimientos internacionales, confiesa que no se ha hecho rica, y que a cambio ha conseguido el diálogo con sus colegas. Le gusta comunicarse, y compartir su obra educativa con otros. Es obvio que no se ha dedicado a enriquecerse o a promoverse, sino a hacer una obra propia y personal, y a educar a otros.
Pero no es inocente o irreflexiva respecto de las cuestiones materiales; simplemente busca balancearlas. Sabe que el dinero sirve, y sirve mucho, pero no lo busca al punto de comprometer sus objetivos vitales. “Quisiera ser libre para volar mi espíritu”. Acepta que con la edad se ha vuelto todavía más austera y medida que antes.

Fin de la entrevista porque no queremos cansarla. Mientras recorremos el taller con la guía de Mary Carmen, tomamos algunas fotos y hacemos un corto registro en video, Gerda Gruber regresa a las mesas en las que trabajan sus alumnos, bajo el gran techo y en contacto con un jardín verde y exuberante plantado con frutales. Afuera hace más de 32 grados centígrados, pero bajo el taller está fresco y agradable. Ella se desentiende de nosotros y va de mesa en mesa, tocando las piezas, ayudando al alumno, palmoteando el barro con la mano o con un pedazo de madera. Es otro día de trabajo en el estudio taller de Gerda Gruber, nacida de Bratislava, residente desde hace 15 años en Cholul, Mérida, en el mundo maya.

Mayo 2002.

Más sobre Gerda Gruber:

Algunos datos biográficos

Fundación Gruber Jez para las artes plásticas

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