La entrevista con
Cristina Riveroll:
"Si eres soberbio, el barro te gana"
Estudió en la EDA y en otros lugares, y también hizo la
carrera de psicología. Tuvo el raro privilegio de conocer a Bernard
Leach en Inglaterra, y ha combinado su pasión por la cerámica
con la enseñanza de varias generaciones de alumnos. Pero parece que
no es lo último, y que la vena creativa sigue bullendo en sus manos.
Por Teresa Arduino
¿Qué significa la cerámica para ti?
Es la vida. Estaba pensando que puedes utilizar la cerámica para hacer
una analogía de la vida. Es la frustración, es la entrega,
es el control. Es la paciencia, la traición, el goce. La cerámica
es mi vida. Cuando reflexionas la contrapones a tu vida y ahí está
todo, todas las respuestas. Es un vicio y no lo puedo dejar de hacer; es
una especie de adicción.
¿Qué circunstancias o caminos te llevaron a la cerámica?
Muchas cosas. Viajes con mi mamá, la historia de México, el
contacto con la cerámica prehispánica, una visita al Bazar
del Sábado que me llevó a la EDA. Ya no se paró, pero
fue un aprendizaje muy sui generis, muy al estilo mexicano. El verdadero
aprendizaje fue con el maestro Enrique Rangel. No nos enseñó
mucha cerámica sino a quererla. ¿Cómo le hizo? No sé,
pero creo que los que salimos de ese taller y aún nos dedicamos a
la cerámica se lo debemos a él. Rangel contribuyó a
que quisiéramos la cerámica y que la respetáramos. Luego
influyeron el maestro Felipe Bárcenas, con su manera de enseñarnos
a tornear, y también los compañeros, como Pedro, Miguel Angel,
Gustavo.
De allí me fui a San Carlos, y en el intermedio puse un tallercito
sin horno, nada más el torno, y llevaba las piezas a quemar a la EDA.
¿Cómo describirías la sensación de crear una
pieza? Hablo de la idea, la inspiración, la ejecución.
Para mí es totalmente inconsciente. No lo tengo muy claro hasta que
empieza a salir
El inicio no lo tengo en la cabeza. Conforme va saliendo la voy concientizando,
racionalizando. Los siguientes pasos son mucho más racionales, por
supuesto, con criterios estéticos. En los intervalos te llevas la
pieza adentro; de repente vas en el Periférico y dices, ¡Ya!
Te viene la idea de cómo terminarla.
Cuando acabas una pieza siempre tienes la sensación de que le falta
un poco. Te puedes tardar tres horas en terminarla, tres horas de estarla
sobando, de que dices necesitas más, no necesitas más, hasta
dónde. Y siempre tengo la sensación de que le faltó,
a lo mejor debí crecerla más, a lo mejor debí fracturarla
más. Pero finalmente el barro te dice: ya, hasta aquí, hasta
aquí está bien.
Algo importante es el medio que vas a utilizar para decir lo que quieres
decir, aunque no lo sepas conscientemente. Tienes que pensar de qué
partir, de la técnica del torno, de formarlo, de engobes, de
óxidos, de texturas, de fracturas, de barros de color. ¿Cuál
es el recurso, el medio? Por eso digo que es como una metáfora. Cuando
logras integrar y escoger un medio para expresarte, de alguna manera también
te integras tú, no te quedas en la parcialidad. Siento que mucha gente,
sobre todo los principiantes, se queda en lo parcial. No saben si terminaron
su jarrita o cómo la van a terminar, y no tienen ni idea. Es lo parcial.
La cerámica es integrar todo el proceso, aunque no se metan
a cuestiones del horno. Esa sería otra parte de la integración
del todo. Un ceramista tiene que tener claro cuál es el medio que
escoge y cómo lo va a integrar. Siempre he pensado que la cerámica
es un poco como la medicina: no acaba nunca; te metes por una rama y por
otra, y es infinita.
Ahorita estoy metiéndome otra vez a los esmaltes, y tengo la sensación
de que acabo de empezar. Me volví a meter con mis fórmulas
de siempre, pero otra vez se reavivó esa parte traicionera del
horno que ya tenía controlada. El resultado siempre te sorprende aunque
uno supuestamente sepa lo que va a pasar si mezcla, por ejemplo, titanio
y cobre. Es otra vez la sensación de que el horno dice que te falta
mucho y se burla de ti. La cerámica se burla de ti y tienes que respetarla
mucho. Si la violas se venga de ti, te lo recuerda.
¿Cómo percibes la relación entre los ceramistas?
Han sido pocos, somos pocos en México. Seguí viendo a los de
mi generación, pero ¿cuántos somos? No más de
cuatro o cinco. Nos seguimos viendo, siento que con avidez... Después
de 30 años llego a la conclusión de que sí, cada quien
tiene un lenguaje. Por más que le pueda explicar a alguien cómo
llegar y los resultados técnicamente hablando, tengo la certeza
de que el que está frente a mí tiene su propio lenguaje y en
ningún momento va a empezar igual que yo. Finalmente tendrá
otro camino que explorar. Nos podríamos ayudar mucho pero no lo hacemos.
Por ejemplo, ahora quiero hacer unos murales y encuentro que mi barro no
me conviene; necesito otro más rígido, menos deformable, y
no es fácil que alguien te ayude a resolver tu problema.
La relación con otros ceramistas debiera ser de humildad, porque la
cerámica te hace ser humilde. Si eres soberbio el barro te gana. Si
llegamos con esa actitud ante el otro y podemos decirle ayúdame, estoy
atorada, esa humildad tendría que ser recíproca. Sin embargo
no siento que sea así. Quizá es porque trabajamos en forma
tan solitaria. Deberíamos vernos más seguido, ser más
cercanos; quizá debiera haber eventos para ceramistas cada dos o tres
meses. Sería una forma de juntarnos, de estar más cerca, de
conocernos y empezarnos a interesar por el trabajo del otro. Para la reciente
Bienal del Franz Mayer se presentaron 517 piezas, más o menos 300
ceramistas. Esto quiere decir que hay muchos ceramistas, pero parece que
no sabemos dónde están. Oigo de este y de otro, pero no nos
juntamos a hablar de nuestro trabajo. Por ejemplo de la dificultad de vender
la cerámica. Puedes ser solitaria, pero eso no implica que te vuelvas
egoísta.
Háblanos de tus primeras etapas como ceramista, aquel primer taller
de producción y lo que siguió.
Como buena egresada de la EDA, torneabas o moldeabas y yo me fui por el torno.
Con esa enseñanza te vuelves artesano de producción, sin ningún
otro cuestionamiento. Es la forma en que consigues el oficio. Trabajar en
producción te da el oficio, y empecé haciendo vajillas, juegos
de café, jarras, objetos utilitarios. Fue una etapa bastante larga
en la que tuve un tornero que me ayudaba.
¿Te dio mucho trabajo tratar con las grandes tiendas?
Sí. Sobreviví toda esa complicación de que te pagaran
y que no te pagaran, que la gente aprendiera a conocer la cerámica
de alta temperatura. Luego vinieron la devaluación y las inflaciones,
y era difícil llevarles el ritmo. Recuerdo que la gente decía
que estaban bajando de temperatura porque subía el precio del gas
y los materiales. Todo era muy caro. Luego empezó a generalizarse
la importación de vajillas chinas que costaban 500 pesos cuando la
tuya tenías que venderla en 2,000. Entonces fue cuando no pude seguir
y paré la producción. Seguí con la enseñanza,
que era lo que me mantenía y me permitía seguir con el taller.
Fue cuando empecé a estudiar psicología, quizá para
entender el proceso de la creatividad. De entender el ser humano.
¿Cómo valoras tu experiencia enseñando cerámica?
Llevo más de veinte años enseñando, sin interrupción.
He aprendido mucho de mis alumnos y de sus propios retos. Me ayudó
mucho a organizarme, porque me exigía un programa y una progresión.
Mi intención es que la gente aprenda a hablar a través de la
cerámica. Tuve alumnos que parecían tener miedo de soltarse
y siempre estaban pidiendo ayuda. Otros, en cambio, sólo necesitan
apoyo técnico para volar por su cuenta. Me gusta mucho enseñar
cuando el alumno está dispuesto a aprender.
¿Por qué crees que la gente busca un taller de cerámica?
Hay muchas motivaciones. Están los que quieren hacer un plato o un
florero y se dan por satisfechos con esta experiencia. Les gusta trabajar
con el barro aunque su trabajo no trascienda. No se sienten animados por
una vocación artística. En muchas personas hay una búsqueda
de tipo terapéutica. Sin darse cuenta vienen a liberar tensiones y
problemas personales. Es paradójico pero en el taller, al calor del
trabajo, pueden hablar de temas, sobre todo sexuales, que no se animarían
a repetir en una reunión social. Como si la cerámica o la comunidad
les diera confianza. El barro es muy regresivo; te desinhibe y te lleva a
lo primario.
¿Algún consejo que le quieras dar a los principiantes?
Mi primer consejo es que te tienes que enamorar del barro. A través
de este enamoramiento entiendes el mundo de la cerámica y aprendes
a afrontar la espera, la incertidumbre, los reveses. Es como una pareja que
escoges. Si te entregas y eres leal, ella te recompensa. Hay que escuchar
lo que te dice, y a partir de allí establecer el diálogo para
poder hablar a través suyo.
¿Qué parte de la cerámica te interesa más?
Tienes que integrarlas todas. No me interesa mucho el trabajo sucio, como
preparar la pasta, los esmaltes o los yesos, pero es parte del trabajo. Creo
que no podría decir cuál es la parte que me interesa más,
y finalmente lo acabas integrando todo. Tienes que tener bien claro qué
es lo que vas a utilizar para expresarte. Ahora estoy en las pastas de color,
porque lo que quiero hacer es pintar sin pincel. Lograr una pintura, en la
forma, pero sin pincel.
Hay una anécdota de tu vida que quisiera rescatar, y es tu visita
a Bernard Leach en Inglaterra.
Ocurrió a mediados de los setenta. Estaba en Londres con mi hermana,
y después de ir al Victoria and Albert Museum, donde tienen muchas
piezas de Leach, se me ocurrió ir a buscarlo. No lo había pensado
pero y me lancé y no sé cómo averigüé sus
datos. Tomé el tren a St. Ives, que en esa época era un pueblito
muy chiquito, pregunté por el taller y como pude llegué. Esperaba
un taller muy rústico, como en los libros, pero el que encontré
era mucho más industrializado. Por azares del destino le caí
bien al joven que me atendió. Le dije que venía desde México
a conocer al maestro. Me pidió que esperara y pensé que iba
a regresar con Leach. Resultó que había ido a hablarle por
teléfono para decirle de mi visita, y Leach mandó decir que
me invitaba a cenar esa noche a su casa. Me acuerdo que me fui a tomar el
té con el muchacho, porque había que hacer tiempo. Platicamos
y me enseñó el taller, ya muy industrializado, donde se hacían
muchas piezas en serie. Y llegó la hora de ir a casa de Bernard Leach.
Quizá algunos ceramistas hayan visto la pieza coreana que aparece
en la portada del libro The Potter’s Challenge. Pues esa pieza blanca estaba
encima del piano. Fue una cena muy agradable, porque Leach le tenía
mucho cariño a México. Decía que éramos muy libres
en la cerámica; siendo un pueblo alfarero por naturaleza, teníamos
ese corazón que el tanto buscaba y con el cual se había formado
con los japoneses. Siempre criticó mucho a los norteamericanos, que
tenían toda la técnica del mundo pero el corazón congelado.
Era ya muy anciano y estaba ciego. No sé cómo me percibió
o si le hice alguna impresión. Pero para mí fue muy emocionante.
Y ya paremos, que esto quizá no le interese a nadie.
México, 2002-2003
En marzo de 2003, unas cuentas semanas después de realizarse esta
entrevista, Cristina Riveroll recibió el segundo premio en la
Primera Bienal de Cerámica Utilitaria
organizada por el
Museo Franz Mayer
de la ciudad de México. Además, otras tres piezas suyas fueron
seleccionadas y formaron parte de la exposición y el catálogo.
Cristina Riveroll Terrazas vive en la ciudad de México, donde tiene
su estudio-taller, y donde da clases a estudiantes de diferentes niveles.
Se ha dedicado sobre todo a la cerámica alta temperatura y ha hecho
intensas investigaciones con barros y esmaltes. En la
sección de escuelas y proveedores
puedes encontrar más datos y la forma de contactarla. En este sitio
también hay información sobre otros ceramistas mexicanos contemporáneos.
Sobre
Bernard Leach
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Gustavo Pérez